En
los últimos tiempos, y gracias a los continuos avances y la madurez de la
tecnología, asistimos a una creciente visibilidad de las fuentes de energía
renovables, hasta el punto de convertirse en alternativas viables para abastecer,
por si solas, el consumo energético de nuestras viviendas (Al menos lo eran
hasta la implantación de algunas incomprensibles iniciativas del gobierno que
parece decidido a proteger los intereses del lobby energético en vez de mirar
por el interés de los ciudadanos).
Pero
es en estos momentos, cuando parece que se está librando una guerra mediática
en el ámbito de los sistemas de generación, almacenamiento y distribución de la
energía que consumimos en nuestros hogares, cuando es más conveniente que nunca
recordar que la mejor inversión para el ahorro energético en los edificios es reducir
su demanda de energía actuando sobre su envolvente.
Con
esta afirmación no es nuestra intención menospreciar o negar el auténtico salto
adelante que suponen los continuos avances de la energía fotovoltaica, las
mejoras de los sistemas geotérmicos o la energía micro-eólica para su uso
directo en viviendas, así como de los sistemas de almacenamiento (tan
necesarios para garantizar el autoabastecimiento energético). Sistemas que, aplicados al consumo de los edificios, son capaces de promover alternativas sostenibles a la conexión tradicional
a la red basados en un consumo responsable y ecológico.
Pero
si queremos enfocar el asunto desde todos los puntos de vista y teniendo en
cuenta que muchos de los sistemas activos que hemos mencionado requieren una
gran inversión inicial y largos periodos de tiempo para su completa amortización
(sin entrar en el baile de cambios legislativos que, a día de hoy, pueden hacer
o no rentables estas opciones) debemos preguntarnos: ¿Cuál es la fuente de
energía más barata, ecológica, segura y que no requiere mantenimiento? La
respuesta es sencilla, el ahorro energético.
Un
edificio con la envolvente exterior bien aislada, sin puentes térmicos ni pérdidas, con ventanas de calidad y una buena orientación para captar la energía
del sol, va a necesitar el apoyo de sistemas activos muy ajustados y poco
complejos que en el mejor de los casos pueden ser resueltos mediante el uso de
energías renovables.
Así,
si una vivienda está diseñada para no necesitar un gran consumo de energía,
entonces la elección del tipo de sistema de calefacción y producción de A.C.S.
es mucho más sencillo ¡y más asequible! además de que al invertir en la
envolvente de los edificios conseguimos resultados no sólo a nivel energético,
sino también conseguimos viviendas mucho más confortables y saludables para sus
habitantes (que es todavía más importante).
Todo
esto es posible gracias a una construcción de calidad y responsable que no
tiene por qué suponer un gasto añadido a los costes de la construcción
tradicional.
El
ahorro energético es un esfuerzo de largo recorrido que debe comenzar con la
primera línea de los bocetos preliminares del arquitecto (o con un buen plan
global de actuación en los casos de rehabilitación energética), adecuándose al
emplazamiento (solar o parcela elegida), a la orientación y los condicionantes del
lugar, al tipo de construcción, la elección de los sistemas activos, etc… sin
olvidar a los propios usuarios; continuar en la fase de construcción con un control
riguroso de la ejecución por parte de los técnicos, para acabar en la entrega
de un adecuado plan de uso y mantenimiento del conjunto del edificio.
El
papel de las instalaciones térmicas es proveer de energía a los edificios de manera
eficiente (y a ser posible de manera responsable con el medio ambiente) pero si
el edificio tiene una demanda muy pequeña esto significa que los sistemas elegidos
pueden ser mucho más sencillos y adaptables.
Desde
este punto de vista, un paso más allá en la eficiencia energética de los
edificios es el estándar Passive House que propone edificios con un muy bajo
consumo energético (garantizando un elevado nivel de confort y de calidad del
aire interior) lo que provoca que los requerimientos de sistemas activos sean
casi irrelevantes y por lo tanto muy fáciles de asumir mediante el uso de
energía de fuentes renovables.
Desde
el punto de vista de los costes es siempre más rentable invertir en mejorar la
envolvente de las viviendas (para reducir su consumo energético) que confiar en
resolver las altas demandas de energía mediante sistemas activos super-eficientes ya
que primero, no estamos actuando sobre el origen del problema y segundo, los
costes asociados a la energía siempre van en aumento (incrementando la llamada hipoteca energética).
Por
último conviene recordar que un edificio poco eficiente requiere de un
mantenimiento más costoso (renovación de los acabados interiores, reparaciones de
patologías de la envolvente por la existencia de mohos y condensaciones, etc…)
y que unas instalaciones más complejas y de mayores dimensiones requieren, a su
vez, un mayor y más complejo mantenimiento lo que se traduce también en un
aumento de costes.
¿Sólo para viviendas?
El estándar Passive House no se aplica sólo en viviendas sino que extiende sus
prescripciones a cualquier edificio de nueva construcción, e incluso a la
rehabilitación de edificios (sean o no viviendas) mediante el certificado EnerPHit, cuyos requisitos son un poco menos
exigentes para facilitar la transformación del edificio existente en un nuevo
edificio de consumo casi nulo.
Nota:
Este artículo
trata principalmente sobre la realidad de los edificios residenciales, donde la
mayor parte de la demanda de energía viene determinada por la calefacción (en
régimen de invierno). En la mayoría de estos casos, con ganancias internas
relativamente bajas y la posibilidad de un buen aprovechamiento de las
ganancias solares se hace prioritario invertir en mejorar la envolvente de la
vivienda para asegurar el confort interior.
En otros tipos
de edificios, como los comerciales o los edificios administrativos, donde
existe una gran variedad de condicionantes y donde la contribución interna
(ganancias internas de calor por maquinaria, equipos electrónicos, iluminación,
acumulación de personas, etc…) es muy variable se hace necesario el desarrollo
de un análisis (dinámico) más pormenorizado para determinar la mejor estrategia
de ahorro energético.

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